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Primer debate presidencial - México 2012

Habiendo visto la mayor parte del debate presidencial de la noche de ayer y un poco de lo que se hizo en el mismo escenario del otro lado del Atlántico en Francia hace unos días, puedo decir que comparto la opinión que León Krauze externó sobre los debates en México ( http://www.sinembargo.mx/opinion/03-05-2012/6687 ) y la oportunidad que hemos perdido al permitir algo tan superficial como lo que nos entregó el IFE. Preguntas ensayadas, datos fantasma, información poco pertinente, ataques al puntero y un cuarto candidato que, si bien tuvo la participación mejor recibida, fue ignorado durante dos horas por el resto de los llamados “presidenciables” sin importar si proponía o atacaba.

Los simpatizantes del izquierdista Andrés Manuel López Obrador esperaban esta ocasión para demostrar la gigantesca superioridad que presumen de su candidato sobre el priísta Enrique Peña Nieto y se vieron muy decepcionados. Poco le importaron las preguntas y ataques que surgieron durante el debate. La estrategia que utilizó fue difundir el mensaje que, de acuerdo con él y sus seguidores, no ha podido llegar a la mayoría de los mexicanos gracias a la censura de las dos televisoras líderes en nuestro país: pocos manejan el destino de los muchos que no les importan ( http://www.youtube.com/watch?v=T5Msifu3fx0 ). Además, enfatizó la relación del mexiquense Peña Nieto con buena cantidad de estos personajes oligarcas y su intención de imponer al siguiente mandatario nacional. ¿Estrategia congruente? Claro. ¿Estrategia efectiva? No podemos saberlo hasta contabilizar los votos a su favor. Una cosa queda clara: sus simpatizantes terminaron inconformes y algo confundidos.

Enrique Peña Nieto nos mostró aquello que ya conocíamos sólo que frente a sus oponentes y en horario estelar: una vena política mandada a hacer y que fácilmente fortalece su campaña de imagen y publicidad. Armado con sus propuestas y muy eficaces (tal vez no tan verídicas) respuestas dejó en claro que, como político, pocos como él. Lanzando cifras y ataques a los asesores tanto de López Obrador como de la panista Josefina Vázquez Mota, Peña Nieto habló y habló, prometió y prometió, sonrió y sonrió; así cumplió buena parte de su objetivo: no verse titubeante ni fuera de balance en ningún momento del orquestrado debate y evadiendo cada ataque que le hacían en base a su relación con personajes que México no quiere volver a tener en su política, valiéndose de la falta de iniciativa del mexicano para informarse. ¿Sus seguidores? Honestamente conozco pocos pero estoy seguro de que terminaron muy satisfechos.

Josefina Vázquez Mota tuvo una participación tan gris y plana como lo ha sido su campaña desde el inicio. La cantidad de veces en que apeló a las mujeres mexicanas sólo puede compararse con la infinidad de ataques hacia el candidato Peña Nieto en quien enfocó toda su energía. Además de ser muy cordial con la periodista y moderadora del debate Guadalupe Juárez, de vez en cuando recordó que es militante del partido que trajo “el cambio” a nuestro país y nos instó a hacer memoria de lo mal que estábamos y lo “no tan mal” que ahora estamos. Sus simpatizantes probablemente no estén convencidos, pero seguirán apoyándola al ser representante del gobierno que lucha contra el narco y que no es ni priísta ni izquierdista.

Y por último, Gabriel Quadri. Un hombre con una imagen, si bien muy lejana, tan clara y accesible como la de Enrique Peña Nieto. Un hombre de cabello alborotado, bigote y lentes que se dedicó a mostrar sus propuestas al país. ¿Por qué? Tal vez porque no muchos las conocían y el debate era la única oportunidad que tendría (hasta ahora) de mostrarlas a un público de horario de liguilla. Tal vez porque es el único “ciudadano” y no es uno más de los “políticos de siempre”. ¿Quizás porque así logró las denominadas “órdenes de la maestra” de llevar la atención lejos de Enrique Peña Nieto y los ataques de los demás candidatos? Quadri se dedicó a exponer una grandiosa serie de ideas para el país y sólo atacó, de manera muy sutil, un par de veces a la panista y al perredista por lo que se mostró muy ecuánime. Sus (pocos) seguidores probablemente lo admiren aún cuando pudo no haber asistido y los demás candidatos tal vez no lo habrían notado (al grado de que su relación, y la de su partido, con Elba Esther Gordillo no fue de ninguna importancia).

¿Quién gana el debate? La respuesta no es absoluta: depende de los objetivos de los candidatos. Si Andrés Manuel López Obrador únicamente buscaba transmitir su mensaje en contra de la “cima de la piramide que maneja el país”, puede haber ganado él (aunque tal vez le haya costado algunos seguidores que ya habían escuchad su mensaje). Si el fin de Gabriel Quadri era desviar la atención o que sus propuestas fueran al fin escuchadas, sin duda ganó. Si Enrique Peña Nieto buscaba no “tropezarse” en público y no profundizar en su relación con personajes del “viejo PRI”, tenemos un tercer vencedor. Josefina Vázquez Mota es, en mi opinión, la clara perdedora del debate ya que sus esfuerzos por desacreditar a Enrique Peña Nieto fueron fácilmente respondidos por el priísta (a menos que su objetivo fuera recordarnos que es mujer y panista).

Sin duda todos seguirán proclamándose vencedores. Dada la calidad del debate, es fácil poder proclamar a un perdedor definitivo: México.