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Descansa (título tentativo)

      historia original.


Jennifer abrió sus ojos de pronto. Su corazón latía rápidamente mientras se preguntaba qué era aquel sonido sordo que la había despertado, como si alguien hubiese golpeado algún mueble del otro lado del apartamento; una interrupción más en su cansado sueño de viernes por la noche.

          Se concentró en escuchar el resto de lo que ocurría a su alrededor, olvidando los rastros de maquillaje que quedaban en su rostro después de horas enteras de inconsolable llanto. Los recuerdos de la noche anterior se encontraban escondidos en lo más profundo de su mente, aplastados por la incertidumbre que causaban los sonidos de muebles moviéndose por el suelo de la cocina a las 4:16 de la mañana.

          Después de algunos minutos, Jennifer decidió investigar lo que estaba sucediendo y se puso de pie. Caminó hacia su armario, lo abrió y buscó una bata con la que cubrió su hermosa y delicada figura desnuda del frío que la noche lluviosa lanzaba en su contra; tomó una liga que tenía alrededor de su muñeca y acomodó su largo cabello castaño en una coleta alta que la hacía parecer una regular atleta. Atravesó su recámara con pasos lentos, dubitativos, tomando en cuenta no solamente la cautela con la que debía actuar sino también la ropa y los zapatos de tacón que había arrojado el suelo durante el ataque de rabia y desesperación consigo misma que había tenido unas horas atrás.

          Poco a poco comenzó a formarse un nudo en su garganta mientras su cuello se tensaba de nuevo. Recordó cada una de las cosas que sintió al volver a su casa sola después de haber esperado por cuarta vez consecutiva a Jack, envuelta en su elegante vestido violeta que chorreaba igual que su hermoso cabello por haber tenido que caminar decenas de cuadras sola bajo la lluvia inmersa en sentimientos de odio y humillación. Pensó en lo diferente que había sido al principio y recapituló cada momento que la había guiado hasta esa situación: cómo se conocieron, la primera vez que salieron, el momento en que ella supo que era casado, la forma en que él le aseguró un amor inmensurable y lo estúpida que era al haber creído todo y haberse dejado humillar muchas veces pensando únicamente en una ilusión de amor que ella sola había engendrado.

          Parada bajo el umbral de la puerta de su recámara, con los ojos vacíos en la laguna de sus recuerdos, Jennifer escuchó un repentino grito de dolor como nunca antes había escuchado. La grave voz estremeció cada centímetro de su cuerpo e hizo que su corazón se detuviera durante unos momentos. Era como si cada muro de su pequeño apartamento se hubiese convertido en un amplificador y la hubiera atacado con un alarido de intensidad infinita.

          Algunos segundos después, Jennifer retomó el valor y reanudó su cauteloso camino hacia la cocina. Con cada paso podía escuchar cada vez más clara la respiración entrecortada de quien había irrumpido en su hogar sin invitación y que debía inspirarle un temor incontrolable. Sin embargo, se dio cuenta de que ese no era el caso. Estaba a tan solo unos pasos de la puerta de entrada a la cocina cuando reparó en que se encontraba prácticamente desnuda, sin manera de defenderse ante un atacante pero no porque lo hubiera pasado por alto sino porque algo la llamaba a esa puerta. Sin importar lo nerviosa que estaba, lo intranquilo de sus pasos al caminar, lo despotricado del latido de su corazón, Jennifer sabía que debía llegar a la cocina y que no se encontraba en peligro.

          Muy lentamente abrió la puerta lo suficiente para poder asomarse hacia adentro. La voz grave era apenas distinguible ya que temblaba sin control mientras inhalaba y exhalaba rápidamente. Parecía provenir del mismo apartamento. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que, por primera vez desde que se había mudado, la ventana estaba abierta y de que afuera la lluvia no cesaba. Frente a ella, sentada en una de las dos sillas de la cocina, pudo distinguir una figura estremecida que se cubría la boca con su mano izquierda mientras apoyaba su codo sobre la rodilla e intentaba recuperar el aliento.

          Poco a poco fue recorriendo cada centímetro del hombre que tenía en frente con sus enormes ojos color avellana. El hombre tenía los pies desnudos apoyados sobre el helado suelo del pequeño apartamento. Sus piernas estaban cubiertas por un delgado pantalón blanco que, aunque escurría gracias al agua de lluvia que los inundaba, se encontraba impecablemente limpio hasta que una solitaria gota de sangre cayó en el borde de la pernera izquierda.

          Del torso que cubría un extraño abrigo roto salían sus brazos desnudos que daban la impresión de estar hechos de un material duro como la roca y cuyos músculos estaban perfectamente delineados. El antebrazo izquierdo mostraba un trío de avenidas rojas causadas por la sangre que emanaba de alguna parte de su mano y que iba dejando su brillante rastro desde la muñeca hasta el codo.

          Coronando el inusual espectáculo frente a ella, Jennifer pudo ver parte de la nuca del extraño visitante de la cual escurrían gotas de lluvia por cada uno de los dorados rizos que podían verse claramente incluso en la oscuridad que predominaba en la cocina interrumpida únicamente por algunos restos de iluminación citadina.

          Mientras avanzaba cuidadosamente, se dio cuenta de que la luz que golpeaba a su visitante no producía ningún efecto en él. Cada milímetro de su cuerpo estaba iluminado por igual, como si por alguna razón ella pudiera ver su aura y ésta fuera limpia como el agua cristalina de un oasis en medio del desierto más salvaje del planeta.

          Poco a poco la sangre que recorría el antebrazo del hombre manchaba su impecable pantalón blanco y, mientras notaba que la sangre parecía brillar un poco más que el resto de la intrigante figura frente a ella, Jennifer quedó paralizada al notar que el abrigo que llevaba ésta se movía lentamente, como si poseyera vida propia.

          De pronto, el misterioso personaje se dio cuenta de que no se encontraba sólo y se puso de pie, volviéndose para ver de frente a Jennifer. Su rostro era hermoso; la figura de su cara era perfecta, delineada por un fuerte mentón que era interrumpido por los brillantes mechones rubios que goteaban cada vez menos. Sus ojos eran grandes y de un color parecido al de su cabello. Cada segundo que pasaba, estos emitían un pequeño destello, como si jugaran suavemente con la luz que irradiaban, volviéndose imposibles de ignorar. Su nariz delicada y recta separaba de forma simétrica sus hermosos ojos y coronaba un par de labios claros que intentaban combatir un innegable temblor causado por el inescapable dolor de su visitante.

          El semblante del hombre estaba rígido y sus ojos denotaban algo más que dolor. Perdiéndose en la laguna de miel que éstos encerraban, Jennifer logró darse cuenta de que lo que su expresión mostraba era una fuerte sensación de impotencia, como si él quisiera decir algo y no tuviera las fuerzas o la humildad para pedirle ayuda.

          Sus ojos se movieron de la boca temblante hasta el fuerte cuello que se movía de arriba hacia abajo, respirando de manera entrecortada. La cocina parecía reducirse con cada respiro que se escuchaba desde todas las paredes del apartamento con la misma intensidad que el grito en el que había estado envuelta tan solo unos minutos antes.

          Siguió su recorrido hasta llegar a la clavícula izquierda en donde notó que la incandescente hemorragia se originaba en la espalda, a la altura del trapecio, y continuaba su recorrido hasta la punta del dedo medio en donde las gotas de sangre sufrían una caída libre como pequeños rubíes líquidos, cada uno con un destello propio e inagotable.

          Sus ojos viajaron con una de las gotas desde la mano sangrante hasta el suelo pero fueron interrumpidos por la frágil cama de plumas que yacía en él. Lo único opaco y sin vida en el físico del hombre frente a ella eran el par de alas que caían sobre el suelo, como dos cascadas congeladas por el frío que reinaba a su alrededor y que había olvidado por completo.

          De inmediato, Jennifer se dio cuenta de que el ángel postrado frente a ella necesitaba de su ayuda y supo exactamente lo que debía hacer. No reparó en cómo o por qué lo sabía, ni siquiera le pareció extraño que un ángel estuviera de pie en su cocina a unos pasos de ella. Únicamente comenzó a caminar hacia él con paso lento y firme. Con una inexplicable seguridad, estiró sus brazos y tocó el fuerte pecho de su visitante con la yema de sus dedos; cerró sus ojos y pegó el resto de su cuerpo al de la criatura celestial frente a ella, recargando su cabeza en el hombro derecho del herido forastero.

          Poco a poco pudo sentir cómo los brazos del ángel la rodeaban con una firmeza exacta que la hacía sentir protegida de cualquier daño que el universo quisiera causarle. La calma que la invadió provocó que se olvidara absolutamente de todo lo que acontecía en su vida y que se concentrara únicamente en el creciente calor que comenzaba a emanar del cuerpo que la tenía envuelta de la manera más maravillosa en la que alguien pudiera ser estrechado.

          Aún con los párpados cubriendo totalmente sus asombrosos ojos cafés, Jennifer pudo percibir que había luz surgiendo de algún lugar cerca de ella. Los abrió muy poco, únicamente lo necesario para ver cómo las abatidas alas se llenaban de un inexpresable brillo blanco mientras se alzaban violenta y grácilmente, como dos feroces olas rompiendo contra la pared de un acantilado.

          Sin ningún afán de observar el impresionante espectáculo frente a ella, sino más bien buscando comunicarse con su invitado, se separó lentamente del sólido y brillante hombro que le había servido de apoyo y vio directamente el hermoso rostro que la contemplaba de vuelta.

          Los ojos dorados la miraban llenos de amor y agradecimiento. Mientras ella se perdía en ellos, una mano luminosa y fuerte tocó la mejilla derecha de Jennifer con una delicadeza que nunca había experimentado y gradualmente el brillo que emanaba de la criatura divina se hizo absoluto, forzándola a cerrar los ojos y disfrutar del calor con el que esta luz celestial empapaba cada centímetro de su cuerpo…

          En la oficina la esperaban a las diez de la mañana los sábados, así que la hermosa mujer castaña de veintiséis años había ajustado su despertador a las ocho para poder llevar a cabo todo lo necesario antes de comenzar la rutinaria jornada laboral.

          Esto quiere decir que cuando Jennifer abrió sus ojos lentamente sentada en la silla de la cocina, con la cabeza recargada en sus brazos, la alarma llevaba sonando alrededor de cinco horas con quince minutos. Parpadeó un par de veces y volteó a su alrededor. Recordó cada momento de la madrugada anterior y lo revivió miles de veces en tan sólo unos minutos. Se forzó a pensar en la horrible noche de viernes que había tenido y en las consecuencias que traería su inasistencia al trabajo, pero nada pudo manchar el sentimiento de plenitud que la inundaba enteramente.

          Sonrió, se acercó a la ventana que aún seguía abierta y admiró la ruidosa ciudad a sus pies. Miró los automóviles y los edificios que se erguían alrededor del suyo, como infinitos entes con vida propia en un reducido espacio que día con día parecía comprimirse más y más. Escuchó a un pájaro cantar y pensó en las alas de su derrotado visitante, en la forma en que volvieron a la vida gracias a ese abrazo de cariño y apoyo incondicional que ella le había brindado y en el sentimiento de plena tranquilidad y paz que le había permitido dormir más tiempo que en muchísimos años. Volteó al cielo azul y sintió el calor del mediodía envolver su rostro mientras descubría que nunca antes el sol había brillado tanto como hoy…